sábado, 24 de septiembre de 2005

Justificando la inutilidad del amor.

La reconciliación de dos cuerpos siempre nos trae una fortuita sorpresa que culmina con el máximo favor ofrecido de un ser a otro.
El amor por lo tanto abre espacio a que los cuerpos se unan y traten de desgarrarse el uno al otro con indomable salvajismo animal.
El amor no sirve en estos casos, el instinto llama y es lo único que le importa a ese pobre par de individuos que se dejan llevar sin pensamiento alguno más que seguir en la batalla dando el máximo.
Al final, siempre habrá alguien complacido, sin embargo, esto no quiere decir que haya existido un ganador o un perdedor, quiere decir que uno de ellos en el momento preciso supo gozar de la batalla logrando así el goce absoluto de la dominación de su víctima.
Al final, el sexo complacido.
Al final los remordimientos.
Al final regresa el estúpido amor a quitarle la venda a cada uno para ver sus cuerpos desnudos y lacerados que yacen en una cama común de cualquier hotel.
El acto acompañado del amor es la contrariedad misma, como el ocaso al penetrar el horizonte, es la gota que derrama el vaso y al mismo tiempo funge como el pastel de cumpleaños en tu cumpleaños, es lo mismo que tener lo que deseas cuando es necesario, es tener lo que necesitas cuando no lo quieres y es tener la culminación y el rebase del limite permitido por el ser.
El amor, así pues, llega solo a estorbar a tan maravilloso acto al imponer su omnipotente fuerza en los mortales que no lo dominan.
Por eso, cuando estés frente a un cuerpo desnudo olvida al amor, destrúyelo y provoca que ese instinto asesino que llevas dentro lo destroce cual leña en fuego.


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